


Los fondos que constituyen la colección del Museo están formados por dos partes bien diferenciadas: las obras pintadas por César Muñoz Sola, que se exhiben en una sala específica del Museo y las obras pintadas por una gran diversidad de pintores, la mayoría franceses, cuya actividad cabe situar entre 1850 y 1950 y que conforman el objeto principal de este Museo.
La diversidad de autores, estilos y filiación estética de los cuadros no facilita su agrupación por tendencias o movimientos; el hilo conductor de la colección es la afinidad de los temas con los gustos estéticos del Muñoz Sola coleccionista, es decir, que compra lo que él mismo cultiva como pintor: bodegones, retratos y paisajes. En menor medida marinas, temas religiosos o mitológicos, interiores y escenas de género.
Y todos de carácter figurativo y conservando la estética formalmente rupturista, “moderna” en definitiva, del siglo XIX, con claras vinculaciones con los grandes movimientos “de vanguardia” que caracterizaron la pintura, francesa sobre todo, de aquel siglo: romanticismo, realismo, impresionismo y postimpresionismo. Los movimientos estéticos posteriores, ajenos a las inclinaciones pictóricas de Muñoz Sola, como el cubismo, expresionismo, el surrealismo o la abstracción, no están representados en el Museo.
Hay cuadros más antiguos, donde aún se aprecia la influencia del último barroca, como Cristo y la mujer adúltera, de J.A. Vallin; o el neoclasicismo que se advierte en Venus, Adonis y Cupido, de Girodet de Roucy. El toque romántico lo encontramos en Ensueño, de Emile Renouf, Retrato melancólico de Lizzie, o el Retrato de Señora, de Caminade. La incursión por el naturalismo se constata en los bodegones y cuadros de flores de Bergeret, Couty, Laurent o Boulet, en muchos de los cuales pueden rastrearse aún huellas de la tradición holandesa barroca de las naturalezas muertas, sucediendo algo parecido con los paisajes, marinas e interiores de Hugart de la Tour, Selmy, Eschbach, Maillard o Isabey. Es decir, pinturas que marcan una “diferencia” con las pinturas tradicionales pero a las que aún deben gran parte de sus contenidos.
El impresionismo fue el estilo que más influyó en la manera de pintar de Muñoz Sola y que se encuentra ampliamente representado en la colección, principalmente a través de paisajes y en las marinas. Son cuadros limpios de color y vibrantes de luz, de pincelada suelta y cuyos elementos del cuadro a veces sólo están sugeridos para que la vista, en la distancia, termine por construir lo que sólo se insinúa con los pinceles. Impresionismo que deja su huella en paisajes rurales, como los de Cahours, Foubert, L’hermitte, Clary, Nozal o Montagne; urbanos como los de Wittmann, marinas como las de Eschbach, Lecompte y Maillard, incluso en la representación del desnudo femenino como puede apreciarse en el de Julián Tavernier. En otros casos, aunque la técnica se acerque al impresionismo, no faltan toques simbolistas en la manera de tratar el tema. Así lo podemos comprobar en el Desnudo femenino, de Xavier Bricard o en Las dos madres, de Léon Faivre.
Cabe destacar el lienzo de Adler Los hombres en un café, acaso el de más avanzada estética que por su técnica y composición se acerca a la manera de pintar de Cézanne.